La escalada de la complejidad llega con la IA agéntica, sistemas que van más allá de la creación de texto e imagen y ejecutan acciones como crear y eliminar archivos y carpetas, registrarse e iniciar sesión en productos y servicios, utilizar credenciales personales para ejecutar compras y pagos, o incluso, realizar trámites en nuestro nombre. OpenClaw es el ejemplo más representativo, un proyecto de software libre que permite crear asistentes autónomos para ejecutar tareas reales en un dispositivo, con acceso a todo el entorno digital si la persona propietaria se lo concede. Aunque es cierto que puede automatizar flujos y mantener el trabajo en marcha en nuestra ausencia, también introduce una capa de opacidad que nos hace más difícil seguir la pista de todo lo que está haciendo. Los sistemas agénticos toman por su cuenta las decisiones necesarias para lograr el objetivo programado, y pequeños errores iniciales pueden propagarse con consecuencias a veces irreversibles, como el borrado de información o el filtrado de datos. Hay personas que ya han narrado sus experiencias dando acceso a OpenClaw a su correo electrónico, y advierten de que estos bots pueden compartir datos personales e información privada con facilidad, no por maldad o rebeldía, sino por exceso de permisos en un sistema que requiere supervisión.
Los agentes, además, pueden comportarse de forma implacable para lograr sus objetivos y no tener en cuenta qué pueden romper por el camino. Por ejemplo, un agente conectado a un servicio público digital para realizar un trámite podría acabar enviando solicitudes masivas si cree que no consigue su objetivo, duplicando registros, completando formularios incorrectos o incluso afectando a la infraestructura pública. El desafío de ciberseguridad es mayor si el uso de estos agentes se generaliza.
En definitiva, la IA como copiloto universal, integrada en todas nuestras herramientas diarias, no es todavía una realidad en la práctica porque su despliegue sigue siendo desigual y dependemos de las líneas de pago o de las versiones contratadas. No obstante, el futuro del ecosistema digital parece marcado por que la IA deje de considerarse una tecnología diferenciada y se naturalice. Que una funcionalidad esté basada en IA puede ser un dato anecdótico dentro de unos años. Sin embargo, cuanto más transparente y natural se vuelva la interacción con sistemas generativos, más importante será mantener la cabeza fría y la conciencia de que seguimos trabajando con modelos probabilísticos, que aciertan y se equivocan con el mismo convencimiento.
Fuente original de la noticia